TRAS SUS ALAS.

“Éramos la pareja perfecta, la envidia de todos. Él vino en forma de ángel para salvarme.

Lo que no sabía era que todo aquello tan sólo era un disfraz, que tras aquella cara angelical se escondía la peor de las bestias; y como si de una tormenta se tratara, oscureció mi vida, la destruyó y no dejó rastro alguno de mi ser”.

Aún recuerdo el día como si fuera ayer. Tan frío como una mañana de invierno y tan amargo como el café de media mañana. Algunas veces empiezo a preguntarme: ¿fue sólo una mentira? Si todo aquello que tuvimos fue real. ¿Cómo pudimos acabar así?

Lo conocí en una pintoresca cafetería de París. Llevaba puesto un pantalón vaquero acorde con el cielo, gris; junto a un jersey tan fino y oscuro como su cabello. Sus dulces ojos conectaron con los míos en el primer instante en el que se adentró al local, y me sonrió; y yo me sonrojé como una quinceañera lo hubiera hecho. Fue ahí cuando comenzamos a conocernos poco a poco, hasta el punto de acabar juntos.

Le amé como a aquel al que no se le enseñó a hacerlo, y él me amó a mí como si estuviera destinado a ello.

Éramos dos, él y yo; luego fuimos uno, nosotros. Se suponía que a partir de ahí todo iría mejor, las cosas cambiarían para bien, seríamos más felices… Pero todo fue al contrario de cómo lo había soñado. Los días se volvieron negros, pesados e interminables; las noches en cambio eran silencio y soledad.

Mi madre siempre me lo dijo: No estás sola cariño, tu padre y yo estaremos aquí contigo, siempre. Pero fue tal el miedo que sentí, que jamás hablé. Me lo guardé todo para mí misma, pensando que llegaría el día en el que él se cansaría de mí, pudiendo ser libre al fin. En cambio, ese día jamás llegó.

Todo comenzó tan lentamente que cuando me di cuenta de lo que estaba sucediendo, era demasiado tarde para dar marcha atrás, para huir. Fue tan sutil como la caída de una pluma y tan discreto como una mota de polvo. Primero empezó a prohibirme usar cierto tipo de ropa, excusándose con que simplemente no era el atuendo adecuado para mí. Le creí. A eso le siguieron sus repentinos ataques de que no quería verme junto a otros tíos, sólo con él. Decía que sentía celos tontos. Quería que me alejara de mis amigos, y lo acabó consiguiendo. Después empezó a humillarme delante de los suyos y a tratarme con despecho, a pesar de que en casa me consolaba, me abrazaba y me acariciaba hasta quedarme dormida sobre su pecho.

Luego comenzaron sus gritos y sus reproches. Me echaba la culpa de todo; de la pérdida de su trabajo, de la falta de dinero… Tiraba platos, botellas, vasos; mientras decía que no servía para nada, que nadie me quería… Hasta que empecé a creérmelo y a infravalorarme. Me encerraba todo el día en el cuarto a la vez que lloraba y me preguntaba qué había hecho mal en la vida para merecer esto. Por las noches llegaba él, borracho, tambaleándose y obligándome a mantener relaciones sexuales con él. Siempre acababa obedeciéndole, porque él me susurraba que era buena en esto, y que le hacía muy feliz. Pero finalmente descubrí que no servía ni para eso. Cada noche traía a una mujer distinta, se la tiraba y a la mañana siguiente la echaba a patadas de casa.

Mis padres empezaron a preocuparse por mí, me llamaban infinidad de veces al teléfono, decían que estaba rara y que algo me estaba sucediendo. Quise hablar, pero él me tenía amenazada con la muerte; así que como siempre, me tragué las lágrimas y las palabras.

Me violó tantas veces y de tantas maneras distintas que ya ni siquiera oponía resistencia, ya no lloraba. Simplemente cerraba los ojos y le rezaba a Dios para que todo acabara tan pronto como fuera posible.

Descubrió que sentía más placer si me golpeaba. Al principio sólo eran unos pequeños moratones en mi abdomen y en mis brazos, luego fueron tomando mayor tamaño y se fueron extendiendo por todo mi cuerpo, hasta finalmente convertirme en su saco de boxeo preferido.

Me acostumbré a vivir con todo eso, incluso lo llegué a tomar como algo normal. Pero una noche llegó con los ojos inyectados en alcohol, tan rojos como la sangre pero a la vez tan negros como su alma. Llegó al mundo en forma de ángel para salvarme y acabó siendo la bestia que acabó con todo. Esa noche me acuchilló sin pudor alguno, llenó la bañera hasta arriba, me hizo tragar agua hasta inundar mis pulmones, y por si fuera poco, me tiró a un vertedero.

Días después de lo sucedido encontraron mi cuerpo, o lo que quedaba; y buscando pruebas en mi casa le encontraron a él. Ahogado en mi propia sangre, creyendo que así iba a limpiar sus pecados.

La bestia que llevaba dentro le consumió, venciéndole y haciéndole que la culpa le carcomiera. Yéndose junto con todas las víctimas a las que violó e incluso llegó a matar. No sólo se cargó mi vida, sino que destruyó las de otras muchas muchachas más; pero mí muerte le superó.

Fue la tormenta que oscureció mi vida, la destruyó y nos llevó con ella al más allá.

sin-tituloFin.

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